Transgénicos, no sólo un asunto de salud

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Carlos Alberto Gutierrez

Carlos Alberto Gutierrez

El sueño de todo agricultor es tener el control sobre la maleza”. Esta frase se repite persistentemente entre los granjeros que se dieron cita del 2 al 6 de febrero pasado en el Coopavel Rural Show, realizado en el municipio de Cascavel, en el estado brasileño de Paraná. Esta exposición anual tiene como objetivo la difusión de tecnologías destinadas a aumentar la productividad de los cultivos.

Brasil, segundo país —después de Estados Unidos— en sembrar cultivos genéticamente modificados (GM), popularmente conocidos como transgénicos, ya cuenta con más de 36,6 millones de hectáreas sembradas de soya, maíz y algodón de este tipo.

Adriana Brondani, directora del Consejo Brasileño de Biotecnología, es una convencida de que los transgénicos contribuirán frente al aumento en la demanda de los alimentos que el mundo necesitará en unos 20 años. Por lo pronto, los agricultores brasileños que han dejado sus semillas convencionales para volcarse a las transgénicas repiten que gozan de plantas con resistencia a insectos, virus, plagas y herbicidas, “lo que garantiza la reducción de los costos de producción con un mayor rendimiento”.

Según Brondani, “con esta tecnología se ha logrado contribuir ampliamente al medio ambiente gracias a la reducción del uso de agroquímicos, biodiésel y micotoxinas. Igualmente hay disminución en las emisiones de gas carbónico y en la erosión del suelo”. Además de estas características, los asociados a Cocamar o Coodect —las cooperativas de agricultores más importantes de Paraná— alardean de tener un mayor rendimiento en sus cultivos desde que se pasaron a las semillas genéticamente modificadas. Dicen que han logrado soya de cuatro granos en Brasil, que se equipararía al trébol de cuatro hojas en Colombia.

Tras este tipo de cultivos hay un largo debate, al que cada vez se van sumando nuevos ingredientes. La crítica más repetitiva ha sido su impacto en la salud humana y animal. Entre los estudios más conocidos al respecto está el de Arpad Pusztai, del Instituto Rowett de Aberdeen (Escocia), quien publicó en 1998 los resultados de un experimento en el que utilizó seis ratas que fueron alimentadas durante 10 días con papas genéticamente modificadas. Según los investigadores, después de este período los animales mostraban crecimiento retardado y un sistema inmune debilitado.

El estudio fue refutado por un ala de la comunidad científica. “Se tuvo que revelar la evaluación secreta que hacen los pares académicos a los artículos que publica una revista científica. Encontraron que los expertos habían hallado errores y, no obstante, el editor lo publicó así”, explica Orlando Acosta, profesor de la Faculta de Medicina y el Instituto de Biotecnología de la Universidad Nacional.

También está la investigación de Gilles-Eric Seralini, quien pretendía demostrar que las ratas que comieron maíz transgénico por un período superior a tres meses desarrollaron tumores. Tras su publicación, sucedió lo mismo. “Lo criticaron porque, entre otros aspectos, las ratas que utilizó eran roedores propensos (entre un 13 y un 61%) a los tumo res”, dice Acosta.

A pesar de esto, el director de la ONG Grupo Semillas, Germán Alonso Vélez, insiste en que los informes adversos a los transgénicos han sido “deslegitimados por las multinacionales (…) pero sí pueden causar graves problemas a la salud”. Sin embargo reconoce que no hay un estudio serio que demuestre esta postura, y más cuando el tema de etiquetado es tan complejo. En Colombia, por ejemplo, sólo se exige etiquetar los productos genéticamente modificados cuando varían en más del 1% de su composición nutricional. (Lea:¿De qué sirve etiquetar los alimentos transgénicos?)

María Andrea Uscátegui, directora ejecutiva de la Asociación de Biotecnología Vegetal Agrícola (Agro-Bio), reprocha que “si sometieran a los productos convencionales a las rigurosas evaluaciones de los GM y a sus protocolos de bioseguridad, muchos de ellos no estarían en el mercado (…) También se critica a esa clase de semillas por la desinformación”. A estas afirmaciones se suma el profesor Orlando Acosta, quien señala que desestimar los transgénicos por asuntos científicos “es perder el tiempo”. El debate, dice, debería ser más político, social y económico.

Según datos de Agro-Bio, los colombianos ya son grandes consumidores de productos transgénicos. El país importa el 70% del maíz que consume, principalmente de EE.UU., Brasil y Argentina, grandes productores mundiales de este cultivo, y “ni qué decir de la soya”, comenta Uscátegui. Actualmente hay en Colombia importantes cultivos de maíz transgénico (75.000 hectáreas), algodón (28.000 hectáreas) y claveles y rosas azules (12.000 hectáreas). Y la soya está aprobada en dos regiones: el Valle del Cauca y los Llanos Orientales.

“Si hay riesgos, son los mismos que los de los productos convencionales”, dice el profesor Acosta, y agrega que el asunto de los GM exige una mirada integral. “El hombre está modificando desde hace mucho tiempo la estructura genética de los organismo vivos, especialmente de plantas y animales, para obtener alimento. Con la ciencia progresó la técnica y se convirtió en biotecnología”.

Lo crucial, entonces, coinciden el profesor Acosta y el director del Grupo Semillas, Germán Alonso Vélez, es analizar el impacto socioeconómico que traería a las comunidades colombianas la adopción en gran escala de estas semillas y “esperar a que el Gobierno elija la política agraria que más convenga”. Vélez recuerda que con la tecnología es evidente la disminución de la mano de obra. “En Brasil vemos un mar de soya sin gente. En EE.UU., sólo con el tractor se desplazó a cientos de campesinos y con la tecnología a muchos más”. Y en Europa, señala Acosta, “no se ha podido comprobar científicamente que los transgénicos generen un daño en la salud, pero se rumora que su no aprobación se sustenta en que: ‘si nosotros dependemos de esas semillas como las de Monsanto, el día que tengamos un problema y ellos decidan no enviarnos las semillas, se nos vuelve un problema alimentario’”.

Otro de los recelos en cuanto a la adopción de estas semillas es cuando comprometen la productividad. Un grupo de productores de maíz blanco del Espinal, Girardot y Guamo (Tolima) ha señalado que sus cultivos se están viendo afectados por una semilla transgénica, según ellos, “de mala calidad, de la empresa Pioneer”

El ingeniero agrónomo Pedro Rojas y otros 150 agricultores aseguran que las semillas habrían generado “un mal llenado de la mazorca de hasta el 80%, ocasionando una drástica reducción de la producción final”. Dicen que esta situación se traduce en pérdidas de al menos $2,5 millones por hectárea. Al ser consultado sobre esta situación, el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) señaló que ya está al tanto de la situación y que se están haciendo las investigaciones correspondientes.

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