Bosque Modelo de Puerto Rico, zona libre de transgénicos

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Carlos ALberto Gutierrez Robayo

Carlos ALberto Gutierrez Robayo

Mi nombre es Carmelo Ruiz Marrero. Soy autor, periodista investigativo y educador ambiental, y dirijo el Proyecto de Bioseguridad de Puerto Rico, un colectivo fundado en 2004 dedicado a educar a la ciudadanía sobre los aspectos ecológicos, sociales, políticos, económicos, éticos y de salud humana de los organismos, cultivos, productos y alimentos genéticamente alterados o transgénicos, mediante charlas, conferencias, entrevistas de prensa, comunicados y una página web.
La propuesta de la organización Casa Pueblo denominada Bosque Modelo es un esperanzador rayo de luz, es una oportunidad de oro para realizar el sueño de un desarrollo verdaderamente sustentable, armonizando la ecología y la economía. Encontramos particularmente positivo que esta iniciativa busca implantar modelos de agricultura sustentable y ecológicamente sana y que sus terrenos serán zona libre de cultivos transgénicos.

También he leído con sumo interés acerca de las reservas que tiene la secretaria de agricultura, Myrna Comas, sobre cómo el Bosque Modelo podría afectar la actividad agrícola dentro de sus confines. Y con gran preocupación leí las palabras de Pedro Vivoni, presidente de Acción y Reforma Agraria (ARA), al efecto de que “la agricultura sostenible que se promueve en este proyecto es una de menor productividad, que resulta en un producto más caro para el consumidor y que no está de acuerdo con la consigna de esta administración de conseguir la seguridad alimentaria.” (1) El Sr. Vivoni y la organización que él preside figuran de manera prominente en el debate nacional en torno a los cultivos transgénicos. El año pasado Vivoni y ARA causaron un escándalo al pretender otorgarle un homenaje a la corporación de biotecnología Monsanto (2), la cual tiene sobre 2 mil acres sembrados de transgénicos en Puerto Rico (3).

Entiéndase por transgénico un organismo a cuyo código genético se le han insertado genes de otra especie mediante las técnicas de ingeniería genética. La ingeniería genética derriba barreras celulares para hacer combinaciones genéticas que nunca pudieron haberse dado en la naturaleza, y se usa en la agricultura y alimentos desde la década de los 90. Actualmente hay decenas de millones de hectáreas sembradas de cultivos transgénicos en el mundo, la gran mayoría de ellos en cuatro países: Estados Unidos, Canadá, Brasil y Argentina. Casi todos son de soya y maíz, y el resto es mayormente algodón y canola (colza). La supuesta equivalencia de esta tecnología con la crianza convencional tradicional practicada por milenios se basa en suposición y no en ciencia.
El propósito declarado de estas alteraciones genéticas es el introducir rasgos favorables a los cultivos. Los cultivos transgénicos actualmente existentes pretenden ofrecer soluciones a dos problemas primarios del agricultor: las malezas y las plagas. Pero, ¿Son realmente seguros estos cultivos y productos? ¿Brindan lo que le prometen al agricultor?
La mayoría de los cultivos transgénicos del mundo son de soya de Monsanto que ha sido alterada genéticamente para ser resistente al herbicida Roundup, producto de la misma Monsanto. A estos cultivos se les llama Roundup Ready. Esto quiere decir que alimentos derivados de cultivos Roundup Ready pueden tener dosis sustanciales de este herbicida. ¿Cuán seguro es? Citaré cuatro estudios publicados el año pasado (4):
Un estudio tailandés publicado en Food and Chemical Toxicology hecho con células humanas in vitro determinó que el glifosato, ingrediente activo de Roundup, induce el crecimiento de células cancerosas del seno. Otro estudio, realizado por científicos de la Universidad Federal de Santa Catarina en Brasil, encontró que dosis bajas de Roundup, de 36 partes por millón, en exposiciones tan breves como de 30 minutos, interfieren con las funciones reproductivas masculinas al causar muerte celular en los testículos de ratas de laboratorio, específicamente en las células sertoli, las cuales desempeñan un importante papel en la formación de células de esperma y por lo tanto en la fertilidad masculina.
Según un tercer estudio, publicado en la revista internacional interdisciplinaria Entropy, el glifosato puede suprimir las enzimas CYP, las cuales destoxifican sustancias foráneas en el cuerpo. Esto significa que el glifosato es capaz de incrementar los efectos de sustancias químicas dañinas presentes en el aire que respiramos, el agua que bebemos y los alimentos que ingerimos. Los autores plantean que el glifosato podría contribuir a numerosas condiciones y enfermedades como obesidad, depresión, déficit de atención, autismo, Alzheimer’s, Parkinson’s, Lou Gehrig’s, esclerosis múltiple, cáncer e infertilidad. Más preocupante es todo esto en vista del cuarto estudio al que hago referencia, realizado por el grupo ecologista Amigos de la Tierra, que detectó residuos de glifosato en el orín de 44% de sujetos humanos de 18 países europeos. Se debería realizar un estudio similar en la población puertorriqueña, ¿no creen ustedes?
Todo parece indicar que Suramérica se ha llevado la peor parte en esta agricultura transgénica tóxica. El pasado mes de mayo, 30 representantes de 12 organizaciones de sociedad civil se reunieron en Bogotá convocados por la Red por una América Latina Libre de Transgénicos para analizar la situación en relación a estos cultivos a 17 años de su introducción en la región. Declararon que:
A pesar de que los promotores de los cultivos transgénicos dijeron que éstos iban a disminuir el uso de plaguicidas, la realidad es lo opuesto. Ha habido un aumento exponencial en el uso de agrotóxicos en los países que han adoptado esta tecnología, y su aplicación está relacionada especialmente con los cultivos resistentes a herbicidas, lo que ha significado el sometimiento de la población a una condición sanitaria cercana al genocidio. En el Cono Sur, la soja resistente a glifosato cubre un área de 475.700 Km2; toda esta área es fumigada con un cóctel de agrotóxicos que incluye el glifosato, afectando a cerca de 10 millones de personas que viven en la zona de influencia de las fumigaciones asociadas a los cultivos transgénicos.
Esta avalancha tóxica ha provocado un aumento exponencial de enfermedades relacionadas con plaguicidas, como malformaciones genéticas, incremento de leucemia, linfomas, enfermedades autoinmunes, y daños irreparables en los ecosistemas. (5)
Recomiendo que se haga un estudio sobre los efectos que las siembras transgénicas en Juana Díaz, Santa Isabel y Salinas puedan estar teniendo sobre los trabajadores agrícolas y las comunidades próximas a estos cultivos.
El científico francés Gilles-Eric Seralini publicó el año pasado un estudio que él realizó con ratas sobre los efectos del Roundup y del maíz transgénico de Monsanto NK603, resistente a Roundup, el cual tuvo resultados preocupantes, incluyendo daños a los riñones e hígado de las ratas, y un aumento estadístico en la incidencia de cáncer, contradiciendo un estudio similar realizado por Monsanto en 2004. El estudio de Seralini ha sido objeto de una campaña bien orquestada de difamación y calumnias. La revista que lo publicó, Food and Chemical Toxicologyrecibió cartas airadas de científicos que cuestionaron la validez del estudio y hasta la ética del Sr. Seralini. Pero de las 13 cartas de protesta publicadas por FCT, 11 fueron escritas por individuos que tenían conflictos de interés no declarados, según la organización investigativa inglesa Spinwatch (6).
El pasado mes de noviembre, FCT retractó el estudio de Seralini, alegando que los hallzagos en éste eran “inconclusos”, provocando regocijo y celebración por parte de Monsanto y sus aliados, quienes anunciaron entonces que el estudio estaba desacreditado y que el asunto estaba cerrado. Pero al menos 128 científicos reconocidos en sus campos han firmado una declaración, disponible en la página web End Science Censorship punto org, en la cual declaran que la retracción es una verdadera barbaridad y una afrenta a la ciencia. Según la declaración, el retractar un estudio por ser “inconcluso” no tiene precedente y viola las normas de publicación científica, que es injustificable retractar un estudio completo porque contenga algunos hallazgos “inconclusos”, y que hallazgos conclusivos son una rareza en la ciencia (7).
Y la tecnología Roundup Ready, ¿Ha ayudado a combatir las malezas? ¿Se ha beneficiado el agricultor? La respuesta es llana y simple: No. El problema de las malezas se ha puesto peor como consecuencia directa de los cultivos transgénicos. A fines del año pasado la Union of Concerned Scientists publicó un informe titulado The Rise of Superweeds que dice que superyerbajos resistentes a Roundup ahora cubren sobre 60 millones de acres de terrenos agrícolas en Estados Unidos (8). Y esta resistencia creciente ha resultado en un mayor uso de herbicida, con peligrosas consecuencias para el ambiente y la salud pública. Según UCS en Estados Unidos se aplicaron 404 millones de libras de más insecticidas y herbicidas en 2012 de lo que se hubiera aplicado si no existieran los cultivos Roundup Ready.
Los voceros de la industria de biotecnología dicen y repiten que la tecnología transgénica es segura y que no existe debate científico sobre el asunto. Pero el pretendido consenso científico en pro de los transgénicos no es más que una mentira publicitaria. El año pasado la organización científica europea ENSSER emitió una declaración sobre el tema, estableciendo categóricamente, con referencias científicas, que NO existe consenso científico en torno a la inocuidad de los productos transgénicos. Citamos:
Como científicos, médicos, académicos y expertos en disciplinas relevantes para la evaluación de los aspectos científicos, legales, sociales y de seguridad de los organismos genéticamente modificados (OGMs), rechazamos enérgicamente las afirmaciones hechas por aquellos que desarrollan las semillas GM y algunos científicos, comentaristas y periodistas quienes concluyen la existencia de un “consenso científico” sobre la seguridad de los OGMs, y que el debate entorno a esta cuestión está “cerrado”.
 
Consideramos que es apremiante desmentir dichas afirmaciones porque el pretendido consenso sobre la seguridad de los OGMs no existe. Afirmar lo contrario es engañoso y no representa de forma adecuada ni la evidencia científica actual ni la amplia diversidad de opiniones entre los científicos sobre esta materia. Además, estas declaraciones fomentan un clima de complacencia que puede llevar a una falta de rigor y de la cautela necesaria en el ámbito regulatorio y científico, potencialmente poniendo en peligro la salud de las personas, animales y el medio ambiente. (9)
Actualmente la declaración ha sido firmada por sobre 300 científicos reconocidos.
Todo esto es suficiente razón para apoyar el que el Bosque Modelo propuesto por Casa Pueblo sea zona libre de cultivos transgénicos. Pero hay más. La situación se complica porque los transgénicos son organismos vivos, y por lo tanto se reproducen y se mueven (10). El científico con doctorado que no entienda eso sólo tiene que preguntarle a cualquier jíbaro qué es lo que hace una semilla: germinar y multiplicarse. Desde hace doce años se ha documentado hasta la saciedad la presencia furtiva de maíz transgénico en la ruralía del sur de México, lugar que es la cuna ancestral de ese cultivo. Ahí se está proliferando y mezclándose agresivamente con las variedades criollas de los campesinos, con consecuencias inciertas para la ecología, la biodiversidad agrícola y la alimentación (11).
Pero ese no es el único caso. En 2006 el Departamento de Agricultura federal (USDA) anunció que el arroz transgénico experimental Liberty Link de la multinacional alemana Bayer estaba contaminando un par de variedades muy populares de grano largo en Estados Unidos. Bayer fue demandada por sembradores de arroz estadounidenses y por este fiasco acabó pagando $750 millones en compensaciones a agricultores arroceros (12). Otro resultado fue que ahora los países de la Unión Europea compran sólo una fracción del arroz que antes le compraban a Estados Unidos. A medida que el rechazo a los transgénicos se hace más generalizado en el mundo entero, Estados Unidos ha perdido grandes tajadas de sus mercados ultramarinos de grano, al no poder garantizar que estén libres de contaminación transgénica.
Es necesario señalar que no hay ni ha habido nunca arroz transgénico aprobado para consumo humano en ningún lugar del mundo. Las únicas siembras existentes son puramente experimentales, pero aún así acaba mezclado con el arroz para consumo humano, como demuestra el caso de Bayer. Tampoco hay ni ha habido trigo transgénico aprobado para venta, se sembró con propósitos experimentales en Estados Unidos de 1998 a 2005, y nunca fue aprobado para consumo. Pero el pasado mes de mayo el USDA anunció que encontró trigo transgénico resistente a glifosato en una finca en Oregon (13). ¿Cómo llegó ahí, si su siembra no había sido legal en los pasados 8 años? Se desconoce aún. Y por último, el Departamento de Agricultura del estado de Washington anunció el pasado mes de septiembre que la alfalfa Roundup Ready de Monsanto había contaminado cultivos de alfalfa no transgénicos (14). ¿Cuánto tiempo pasará antes de que ocurra un evento similar en Puerto Rico, un Chernobyl biológico que ponga en peligro nuestros mercados domésticos y de exportación y que pongan en jaque la credibilidad de nuestra agricultura?
Pero esperen, esto se pone mejor todavía. Todas las semillas transgénicas están patentadas, lo cual quiere decir que nunca se deben sembrar sin que se pague una regalía al dueño de la patente. Y prácticamente en todos los casos el dueño de la patente es una de seis compañías agroquímicas semilleras que constituyen un cartel que controla la biotecnología agrícola transgénica a nivel mundial, y que aspiran también a patentar y controlar las semillas no transgénicas. Esto significa que si uno es agricultor que no siembra transgénicos y su siembra es contaminada por transgénicos, ya sea por polen, dispersión de semillas o errores de inventario por parte de vendedores y distribuidores de semilla, entonces uno es el que tiene que pagar una compensación por “robo de patente”. Esto fue lo que le ocurrió al granjero canadiense Percy Schmeiser, cuya canola fue contaminada por una variedad Roundup Ready de Monsanto y perdió su caso en el Tribunal Supremo de su país, estableciendo así un precedente nefasto (15).
Los productos transgénicos son objeto de un rechazo cada vez más unánime y universal por todas partes del mundo. Para dar unos ejemplos: la siembra de maíz transgénico Mon 810 de Monsanto se prohíbe en Austria, Francia, Grecia, Hungría, Polonia y Rumania. En 2005 en Suiza la ciudadanía votó por una moratoria de 5 años a los cultivos transgénicos, y desde entonces el gobierno ha decidido extender esa moratoria (16). En Ecuador la constitución declara el país zona libre de transgénicos. Estos son sólo unos ejemplos.
Es por estas y muchas otras razones que debemos todos defender la designación del Bosque Modelo como zona libre de transgénicos.
Alternativas ecológicamente sustentables y productivas las hay. La agroecología se perfila como alternativa viable y científicamente sólida no sólo para alimentar el mundo sino también para mejorar el nivel de vida de los agricultores. Sin embargo, hay agrónomos, académicos, agricultores convencionales y gente dentro y fuera de la práctica agrícola que insisten, rara vez presentando algún dato científico, que tal modalidad de producción agrícola nunca será una opción práctica para alimentar un mundo hambriento en el que la población continúa aumentando.
El grueso de la objeción a la agroecología viene no de estudios científicos sino de anécdotas- a menudo de segunda mano- de quienes trataron de “sembrar orgánico” y no les funcionó. Parecen creer que es no más que una agricultura de vagos, de simplemente dejar de aplicar insumos y dejar que las plagas y malezas crezcan y se proliferen por la libre a ver qué pasa.
Pero tales concepciones son simplemente falta de información. La agroecología tiene sólidas bases científicas, metodológicas y técnicas, y se sirve de otras disciplinas como la ecología política, la economía ecológica y la etnoecología.
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